HHay días en los que, definitivamente, no logro controlar mis sentimientos de enojo y frustración frente a situaciones que no dependen de mí. Le doy gracias a Dios por permitirme mantener la calma y no explotar de ira, ya que, después de un par de minutos, la serenidad llega y puedo reflexionar sobre lo ocurrido desde una perspectiva más serena y objetiva.
Con el tiempo, he identificado dos tipos de ira que me invaden:
- Ira superflua: Aquella que se desencadena por eventos cotidianos, como la imprudencia de malos conductores, la impaciencia ante el desorden o ciertos accidentes inesperados.
- Ira basada en valores y virtudes: Esta surge cuando, a mi juicio, ciertas situaciones deberían ser tratadas de manera diferente, fundamentada en el amor, la justicia, la ética y la razón. Puede aparecer tanto en mi entorno familiar como en relación con terceros y deriva de acciones u omisiones que considero inadecuadas.
¿Es correcto enojarme por querer que las cosas sean diferentes?
Creo que la forma de educar a los hijos es un ejemplo clave para reflexionar sobre esta pregunta. Educar va más allá de llevarlos a una buena escuela o inscribirlos en actividades deportivas: implica transmitir valores y principios fundamentales que guíen sus decisiones de por vida. Sin embargo, en pareja pueden surgir choques de ideas al definir objetivos o propuestas sobre cómo criar y formar a los hijos.
¿Qué tipo de educación me gustaría ofrecer a mis hijas?
Me gustaría educarlas con valores cristianos y estoicos: amar a Dios sobre todas las cosas, respetar al prójimo como a uno mismo, ejercer el libre albedrío con responsabilidad, practicar la justicia, la fortaleza, el dominio propio y el sometimiento del ego. Aunque estos principios son difíciles de cumplir, no es imposible orientarse hacia ellos. Creo que otorgan una guía sólida para alcanzar la felicidad en cualquier circunstancia, tanto en la pobreza como en la abundancia.
¿Qué tipo de educación imparte mi pareja?
Considero que mi pareja, desde su perspectiva, promueve el amor y piensa que facilitar las cosas a los hijos —proporcionarles ropa, juguetes, viajes y deportes de manera abundante— es la mejor manera de apoyarlos. En mi opinión, esto puede conducir a excesos innecesarios y, a la larga, quizás no contribuya al desarrollo de valores firmes.
¿Cómo contribuye mi visión de la educación a la formación de mis hijos?
Mis ideas descansan en el amor, la disciplina y el juego. Opino que lo material no es tan importante y que el dinero debe ser bien administrado. Por ello, considero el minimalismo como una opción ideal para los niños. Sin caer en carencias, sí creo que evitar excesos fomenta la creatividad y enseña a buscar estrategias para obtener lo que uno desea, siempre siendo agradecidos con Dios por todo lo que recibimos.
¿Cómo manejar lo material?
El minimalismo ofrece varias ventajas: ayuda a ahorrar, mantiene un espacio limpio y ordenado, y enseña a discernir qué es realmente necesario. Mis hijas pueden aprender a valorar lo que tienen y sentirse agradecidas por ello. Con menos cosas, se invierte menos tiempo en limpiar o mantener, lo que se traduce en más momentos de calidad y menos estrés. Al contrario, el consumismo conlleva comprar objetos innecesarios —ropa, muebles, accesorios, juguetes, etc.—, generando desorden y reduciendo el espacio, el tiempo y la atención para actividades más esenciales.
La disciplina
Por lo general, permito que mis hijas exploren libremente y experimenten cosas nuevas, siempre dentro de un juego sano y sin perjudicar a otros. Sin embargo, intervengo cuando observo falta de respeto, groserías o malos tratos hacia las personas y los seres vivos. Ahí es cuando corresponde un regaño o una corrección, de manera que aprendan a respetar límites y a convivir en armonía.
Conclusión Reflexiva
Ahora que he expuesto todas estas ideas, comprendo que mis pensamientos tienen un sentido coherente y considero que vale la pena educar a mis hijas de acuerdo con estos principios. Sin embargo, me enfrento a un gran obstáculo: mi pareja. Siento que, debido a su ego y a la costumbre arraigada de cierta forma de pensar, sumada a la falta de reflexión y dominio propio, se complican mis esfuerzos y mis deseos de transmitir valores sólidos a nuestras hijas.
La única vía que estimo viable para superar este desafío es dialogar abiertamente con ella. Necesito enfrentar con valentía y fortaleza ese ego que, en ocasiones, bloquea nuestro entendimiento mutuo, y ayudarla a reconectar con la luz que todos llevamos dentro. De esta manera, podríamos unirnos nuevamente como familia y, con un objetivo común, alcanzar todo aquello que nos propongamos. Creo firmemente que, al hacerlo, no solo fortaleceremos el vínculo entre nosotros, sino que también ofreceremos a nuestras hijas una educación integral y fundamentada en los valores y principios que considero esenciales para su futuro.